Adam Wirenne. Capítulo 1.


Via

Empezó con un beso.
Uno que no supe rechazar.
Ella danzaba a mi alrededor como una serpiente, estrechando cada vez más la circunferencia invisible con la que me asfixiaba.
No me importó. No necesitaba más oxígeno que el entremezclado con su aroma.
Ella me acercó la pipa y, al contrario que en otras ocasiones, el opio no me nubló el juicio. Nunca había sido tan consciente de lo que estaba a punto de ocurrir.
Se acercó aun más y apresó mis labios. Su beso era fuerte, tan ansioso que dejamos de bailar para concentrarnos. Me  apretó la cara con sus manos y me dio un mordisco. Una gota de sangre resbaló por mi barbilla y la enjugó de un lengüetazo. Aquel gesto me encendió de tal forma que habría consumado mi ansia allí mismo, sin importarme el gentío que nos rodeaba. Pero ella se alejó entre risas y miradas sugerentes a la espera de que siguiera sus pasos.
Lo hice. Avancé como un asno tras una zanahoria, esquivando a las personas que bailaban, las mesas de juego y las nubes de humo adormecedor.
Cruzó el umbral de una posada para atravesarla y escapar por la puerta trasera. De vez en cuando, miraba hacia atrás para enloquecerme con sus ojos colmados de deseo, viciosos, hambrientos.
Al alcanzar un solitario callejón, aminoró la marcha. Bajó uno de sus tirantes, dejando un hombro al descubierto, y el otro resbaló. Sus pechos rebosaban aquel jugoso escote que clamaba por mi atención. Avanzó hasta resguardarse bajo un puente de piedra mientras se levantaba las enaguas y me mostraba el apetitoso camino a seguir.
La acorralé contra el muro de piedra y saboreé, con una brutalidad impropia de mí, la piel que encontraba a mi alcance mientras ella liberaba la presión de mis pantalones. Clavó sus dientes en mi cuello sin derramar más sangre de la que me devolvió entre besos.  
Con una de sus afiladas uñas rajó su labio inferior y pintó mi boca con su lengua. Antes de que me diera cuenta, el calor, el éxtasis y el dolor se entremezclaron en un baile de placer desconocido para mí hasta entonces.
Saqué la cartera. No me importaba pagar. Las reuniones de negocios que se iniciaban en casas de juegos solía terminarlas en rincones oscuros y sin blanca.
—Guárdate eso, encanto.
—Cógelo —dije agitando el consistente fajo de libras—. Querré repetir. Esto hará que te acuerdes de mí.
—¿Repetir? —soltó una carcajada al tiempo que se arreglaba el pelo—. En unas horas desearás estar muerto.
Agotado, apoyé la espalda sobre el muro y resbalé hasta quedar sentado en un charco. El efecto de opio se hizo con mis sentidos y poco me importaba más que dejarme llevar hacia el mar de calma al que me arrastraba.
Ella se acuclilló a mi lado para acariciarme el rostro con su aliento.
—Siento haberte hecho esto, dulzura —susurró—. No he podido resistirme.

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